Narciso Ramón

Me desperté, como todos los días, diciendo “¡Gracias Dios mío, gracias por un día más de vida!”, yo no sé qué haría el mundo si me muero.

Y, como siempre, me levanté de la cama... la vieja con la que pasé la noche todavía estaba dormida, pobre... ahora que me conoció, ya no va a querer nada más... me acuerdo que anoche mientras lo hacíamos ella gritaba “¡ay Dios mío, ay Dios mío!”, “no te preocupes” – le dije – “puedes llamarme Ramón”.

"Gordolfo Gelatino y su madre, Doña Naborita", personajes de Los Polivoces, Eduardo Manzano y Enrique Cuenca.Después de eso me fui al trabajo, si no estoy ahí no se hace nada bien.

Trabajo en una escuela, es una escuela grande, tiene desde kinder hasta prepa. Yo soy el encargado de sistemas. En realidad yo hago todo ahí, mantengo, actualizo y reparo los sistemas, llevo el control de toda la información, de calificaciones y asuntos administrativos, y doy cursos de capacitación a toda la gente de ahí.

Una compañera de trabajo tuvo hoy a su hijo... eso me hizo recordar cuando yo nací.

Me contaron que cuando nací mi mamá le preguntó al doctor que cómo estaba yo, el doctor le dijo “vamos a esperar unos 5 minutos, señora, si no ladra no hay problema”; me dijeron también que el doctor en lugar de pegarme a mí, le pegó a mi mamá; cuando estaba chiquito me ponían una salchicha al cuello, que para que el perro jugara conmigo; nunca me gustó jugar a las escondidillas, ¡nadie me quería encontrar!; aprendí a caminar a los 3 meses... nadie me quería cargar.

Una vez le dije a mi papá “papá, ¡llévame al zoológico!”, “aaah no” –me dijo- “si te quieren ver, qué vengan aquí a la casa”.

De niño me hacía pipí en la cama... me llevaron con un psicólogo. Recuerdo que le dije “a veces creo que nadie me pone atención”, el psicólogo, con tono seco, sólo dijo “el que sigue”.

No puedo olvidar que en la escuela, en una ocasión, estaba con un amigo platicando, en eso llegó una maestra y le dice a mi amigo “¿qué pasó, Carlitos, porqué tan solo?”

Toda esa gente, incluyendo a mis papás, no sabían con quién estaban tratando. Póbresitos, no se daban cuenta de mi potencial. Y ahora, claro, me envidian. Porque, de verdad que hay gente envidiosa en el mundo y, qué chistoso, la gente que lo tiene todo es precisamente la que más envidia me tiene.

En la tarde iré con mi psicoanalista... hace mucho tiempo que hubiera dejado de ir, pero él piensa que mi caso es fascinante y bueno, cómo le voy negar esa satisfacción que es tenerme.

La vez pasada que nos vimos, me estuvo explicando algunas cosas para que las pensara... le entendí la mitad, bueno, no es que yo le haya entendido la mitad, lo que pasa es que él no se supo explicar bien.

Me dijo que pensara en las veces que yo había usado a la gente y que después de un tiempo, cuando ya no tenía nada que obtener de ellos, los había desechado, como algo inservible.

Supuestamente, según dice él, una personalidad como la mía necesita mucha atención por parte de los demás... de todos los demás. Esta atención debe de ser del tipo de admiración. Según él, yo necesito que la gente me adule todo el tiempo... ahora que lo recuerdo, creo que sí... todo el tiempo la gente me dice que yo soy muy inteligente, yo sinceramente creo que no soy tanto... pero bueno, ¡qué puede valer mi humilde opinión contra la de millones que opinan que sí!

Me encargó de tarea, la sesión pasada, que analizara a las personas con la que busco relacionarme. Según él, me voy a topar con que esas personas son inferiores a mí, es decir, son personas con menos preparación, menos edad, menos status, etcétera, supuestamente yo busco estar con esta gente para así ser yo el sacalepunta. Creo que tiene razón... aunque sí hay un tipo que me parecía superior, él hacía un truco muy llamativo, se clavaba una aguja en la piel y no sangraba ni sentía dolor, “¿cómo lo haces?” –le pregunté- “lo que pasa es que me concentro” –me respondío- “¡aaaah, pues concentrándose así cualquiera!”, ya no me importó el pobre tipo.

Además, no creo estar todo el tiempo buscando la adulación de la gente, muchas veces me intereso en verdad por la gente, la otra vez, por ejemplo, en la fiesta de un amigo estaba con una muchacha muy guapa, y yo, interesado por ella, le pregunté “¿qué opina una muchacha tan guapa como tú, de una personalidad tan interesante como la mía?”, ¡claro que me intereso por las personas!

¡Este psicoanalista loco!, ¡cómo se le ocurren cosas!, y luego las loqueras que se avienta “Le voy a explicar” –me dice- “las personas tenemos una sensación de logro o triunfo cuando nuestro yo se asemeja o iguala en alguna parte a nuestro ideal del yo, es decir, todo lo que, inconsciente o conscientemente nos parece correcto, bueno, elevado, idóneo, le da forma a nuestro ideal del yo, entonces, cuando nuestro yo cumple con estas exigencias del ideal del yo, se tiene, como ya le había dicho, una sensación de triunfo, por ejemplo, un ideal del yo común en hombres, es un yo fuerte, que no se impacte o se asuste por algo, así pues, cuando ocurre una situación grave en la que nos mantuvimos tranquilos, enteros, después de ella nos sentimos muy bien por habernos mantenido con la entereza que nuestro ideal del yo nos marca. Por el contrario, cuando no cumplimos con estas demandas del ideal del yo, nos sentimos derrotados, y nos deprimimos” –cuando llegó a este punto yo ya tenía mi cara de ¡no entendí ni madres, qué fregados estás diciendo!, pareció no importarle y continuó – “lo que pasa con personalidades como la suya, es que el yo y el ideal del yo están confundidos, revueltos o fusionados, como quieras llamarle, por lo tanto, todo lo que el yo haga, está introyectado en el ideal del yo, para que me entienda, ya que conoce de sistemas, es como cuando se cruzan las cadenas de información en el disco duro, cuando ocurre esto, dos informaciones diferentes ocupan el mismo espacio en el disco duro, entonces cuando se llama a una información, automáticamente se trae parte de la otra y viceversa, volviendo a lo psicológico, cuando el ideal del yo impone sus exigencias al yo, resulta que esas exigencias son las mismas acciones que el yo está realizando, no hay acción reprochable porque el jugador es al mismo tiempo el árbitro.”

“ahh, sí, sí, claro, si está clarísimo... entonces no debo mezclar ácidos con bases por la reacción que tienen, ¿verdad?”

“Déjeme decirle en cristiano lo que ocurre” –me dice- “si una persona tiene fusionados el ideal del yo y el yo, pues resulta que todo, todo lo que hace está correcto y no puede ser mejor, recuerde que sentimos que hemos triunfado cuando logramos satisfacer las demandas del ideal del yo, que es la instancia psíquica que nos dice que es lo mejor para el yo, por lo tanto, si tenemos unidos el yo y el ideal del yo, todo lo que hagamos cumplirá con las demandas, las demandas serán todas las actividades que el yo realice, y tendremos esa sensación de triunfo todo el tiempo. ¿Le suena familiar esto?”

Y que me quedo callado.

¡¿De qué estará hablando este jijo del máiz tronado?!

Si es cierto que tengo una sensación de triunfo muy seguido, pero ¡qué no ve que es porque en verdad soy un triunfador! lo estoy viendo bien clarito, en el trabajo todos me llaman para que les resuelva sus problemas, sin mí se les atoraría la carreta y ahí quedan los pobres.

No... este tipo de veras que se alucina a veces... y luego me dice que todo este rollo posiblemente se deba a mi niñez, que tal vez este comportamiento sea una manera de compensar la ausencia de atención que tuve cuando era niño. Según él, al no llenar mis padres la necesidad narcisista que todo niño tiene, es decir, la necesidad de sentirse apreciado, querido y admirado, lo que hice fue llenar este hueco de “amor” con el “amor” que estaba dirigido hacia mis padres. Entonces, si recuerdo bien, la atención que les ponía a mis papás, al no ser regresada a mí, como se supone que debe ser, era re-direccionada hacia mí mismo. Las acciones que uno hace son juzgadas, a veces inconscientemente, por los padres, y este juicio de nuestras acciones va formando a nuestro ideal del yo, entonces, al ser yo mismo al que se le dirigían la atención y las acciones, pues yo mismo era quién juzgaba lo que yo hacía, obviamente, era un juez muy placentero, todo lo que hacía yo, me gustaba, así que mi ideal del yo se confundió con mi yo, y como ya me lo había dicho antes, es como si el jugador fuera a la vez el árbitro.

Ahora que lo estoy repasando... creo que no está tan alucinado este rollo...

En cuanto a buscar la admiración de los demás, me ha dicho que este jugador-árbitro necesita de una afición.

¿Soy maravilloso, bello, lindo, soy gracioso?, esa es la duda que siempre está presente, consciente o inconscientemente. En el fondo están presentes las memorias del rechazo o falta de atención... y como uno sabe, lo que no es importante pues no merece atención, siguiendo la asociación, si no nos ponen atención, pues no somos importantes. Por eso, según mi psicoanalista, uno necesita de mucha atención para compensar el sentimiento de no ser importante que nos quedó impreso en la niñez temprana.

También hemos hablado de una aparente falta de empatía con los demás. Según mi psicoanalista yo no puedo ponerme en los zapatos del prójimo, no puedo sentir lo que otros están sintiendo, y esto a veces me ha traído problemas porque la gente me cree un insensible.

Tal vez tenga algo de razón, una vez en un velorio, un amigo que me acompañaba me preguntó “¿quién es el muerto?”, “¡pues el que está en la caja, güey!”. Creo que eso no le pareció a la hermana del difunto que estaba a lado de mí.

Pero no creo que eso sea tan importante. Sin embargo mi psicoanalista me insiste que sí. Me recordó la vez que le conté que estaba con un amigo tomando un café y mi cuate me estaba contando que sospechaba que su mujer lo estaba engañando, “estoy muy desesperado, ¡no sé qué hacer!, ¿qué crees que debería hacer?” –me preguntó- “deberías pedir la cuenta, ¡ya es bien tarde!” –le contesté.

Tal vez no tuve mucho tacto, pero ese es problema de los demás, a mí no me afecta para nada, allá los otros con sus traumas.

Después de decirme todo eso, le pregunté con tono de burla “y eso ¿a qué se debe?”

“Bueno...” –me empezó a decir- “pues que generalmente los primeros objetos que se reconocen son los padres, y si frente a su comportamiento nuestra opción fue retirarles la carga libidinal y revertirla en nosotros mismos, pues ese modelo será el que rija nuestra vida. Si le entregamos, por llamarle así, amor a una persona y ese amor no nos es devuelto, y terminamos por entregarnos a nosotros mismos ese amor que pertenecía a los objetos, pues los objetos (las personas) quedan sin amor por parte nuestra. Si algo no nos cuesta no nos importa, por el contrario, el interés que le pongamos a un negocio, es directamente proporcional a la cantidad de dinero que invertimos en él. Igual pasa en el mundo de los objetos, si desde pequeños aprendimos que el amor que entregamos no nos rinde provecho, o sea, que no nos es devuelto, entonces dejamos de invertirlo y dejamos de interesarnos por estos objetos “inútiles”, incapaces de regresarnos nuestra inversión de amor.

Los objetos no nos interesan porque les perdimos interés desde pequeños.

Como el gato, que un día se sentó un comal caliente y ya no quiso volver a sentarse nunca jamás.

Claro, hay que recordar que todo en la vida tiene su lado opuesto. Por otro lado, en el fondo se tiene interés por los objetos, pero necesitamos que ellos sedan primero, necesitamos que ellos primero nos digan lo grandioso que somos, el interés tan grande que tienen en nosotros, y después de eso, tal vez, invirtamos un poco de amor... o tal vez no, como venganza, ahora quiero recibir la atención gratis, porque cuando era pequeño pagué un muy alto precio por ella y no la recibí.”

En fin... tal vez sea cierto... tal vez no.

Es curioso, recordé cuando alguien me preguntó porqué mi novia andaba con migo,“bueno, ella piensa que soy guapo, inteligente y que bailo muy bien” –respondí – “y ¿porqué andas tú con ella?” –me preguntaron de nuevo- “pues porque piensa que soy guapo, inteligente y que bailo muy bien”. Me pregunto si tendrá alguna relación con este rollo de los objetos...

Pero bueno, hay dos clases de personas en la vida, las que dividen a las personas en dos clases y las que no. No tiene nada que ver... pero después de un momento de lucidez viene un momento de pendejéz.

Ya son las 12 del día, es la hora del Ángelus y de mi oración: “Te pido Dios, por los pendejos, para que no falten, si no, ¡de quién me iba yo a servir!”

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